Antes:

La verdad es que el coche iba bastante bien, e incluso pasaba de tanto en tanto la ITV, así que he de reconocer que si incurrí en esta soberana locura fué por pura inconsciencia.
Nunca reconoceré que me resultaran incómodas las ballestas o bien estuviera cansado de pelearme con ballesteros para conseguir las preciadas hojas. Lo cierto es que después de bastantes pruebas llegué a la conclusión que las ballestas inducían demasiadas torsiones en los soportes, en ellas mismas y que no iban a ser un elemento duradero. Tampoco es que fueran lo más indicado para mi especialidad, el "trepado de rocas"
Forzando la suspensión para ver cuales son mis males.

Así que me decidí a modificar el coche para dejarlo tal y como yo deseo, una máquina ligera, cómoda en el día a día y con unas aptitudes trialeras en estado puro. Cuando me decidí por los muelles, me convencí a mi mismo repitiéndome que levantando con el gato e intercambiándolos podría adaptarme rápidamente al asfalto o al monte. (Necesitaré pues, unos amortiguadores bien largos)
Mi intención estaba clara, usar el coche para ir a trabajar, a ver a los suegros...
Lo primero era desmontar, y como me conozco el coche como la palma de mi mano (al haberlo rescatado de un desballestado) no me lo pensé dos veces. Para facilitar la faena, un buen amigo me instaló una pequeña grúa de las que usa el para subir calderas a los tejados de los edificios, pero en pequeño. Gracias Suso.
Eh!? Os disteis cuenta, antes había un coche ahí.

Una vez tienes la mecánica pelada todo es más sencillo, se trata de echarle materia gris y horas de radial. Empecé a tomar medidas de como se podía adaptar lo que había en cartera y a eliminar elementos innecesarios, como los viejos soportes de los amortiguadores.
Continuara...





